Igualdad ante la ley

La era liberal - Hechos

La biografía de Benito Juárez debe ser despojada del halo de santidad que la rodea. Su vida es tan intensa que el bronce con el que fue cubierto por la historia oficial resulta incómodo. No necesita de invenciones o interpretaciones a modo. Juárez salió de su pueblo a los doce años, a pie cruzó la sierra para llegar a Oaxaca, aprendió a leer y a escribir, entró al seminario y lo dejó para estudiar leyes y recibirse como abogado. Una ascendente carrera política -y el apoyo de una brillante generación de hombres- lo colocaron en la presidencia de la república; en 10 años de guerra (1857-1867) derrotó a los conservadores, a los franceses y a un imperio. 

Por si fuera poco, sentó las bases del estado-nación mexicano a través del establecimiento del liberalismo. Por su origen zapoteco y por la terrible condición de pobreza que padecía en su pueblo al nacer -con un futuro sombrío-, su historia parecería, sin más, una epopeya. Si existe una epopeya juarista, no se refleja en su lucha contra la adversidad -muchos otros hombres de la generación liberal también ""pasaron las de Caín"" antes de llegar al escenario nacional. Dentro de la lógica de su credo político -el liberalismo- su gran triunfo fue concebirse como un ciudadano, igual a sus contemporáneos, sin importar su origen racial. No cargaba con el estigma del indio sometido, no era autocomplaciente con sus raíces ancestrales. Reconocía que la pobreza, la explotación, la sumisión -ciertamente lacerantes- no eran privativas de sus antepasados, representaban problemas que asolaban a toda la república. Su ascenso a la presidencia en enero de 1858, no significó una reivindicación indígena. 

Frente al golpe de estado de los conservadores, Juárez buscó restaurar el orden constitucional y reivindicar a la nación defendiendo el principio básico del liberalismo político contenido en la carga magna de 1857: igualdad ante la ley. A través de la Constitución y la Reforma -escribió Justo Sierra en su obra Evolución política del pueblo mexicano- veía la redención de la república indígena; emanciparla del clérigo, de la servidumbre rural, de la ignorancia, del retraimiento, del silencio, ese fue su recóndito y religioso anhelo; por eso fue liberal, por eso fue reformista. 

La redención de los indios significaba integración. No es un azar que en sus discursos las menciones al mundo indígena sean casi nulas. Los integraba en la palabra nación y buscaba hacerlo en los hechos. La Constitución de 1857 y las leyes de Reforma (1859) tenían esa intención. Y a pesar de que la ley de nacionalización de bienes del clero y de ""manos muertas"" afectó terriblemente la propiedad comunal de los pueblos indígenas -de ahí el apoyo de los indios a Maximiliano- el problema no era el espíritu de la ley -convertir a los indios en propietarios, dueños de un pedazo de tierra, educados sin las ataduras del colonialismo mental y ciudadanos de la república-, sino su instrumentación apresurada -los liberales necesitaban recursos para la guerra-, que puso las tierras en manos de prestanombres y ricos propietarios, sentando así las bases del futuro latifundismo porfiriano. 

Siendo, gobernador de Oaxaca en 1849, Juárez escribió: ""Hijo del pueblo, yo no lo olvidaré, por el contrario, sostendré sus derechos, cuidaré de que se ilustre, se engrandezca y se críe un porvenir, y que abandone la carrera del desorden, de los vicios y de la miseria, a que lo han conducido los hombres que sólo con sus palabras se dicen sus amigos y sus libertadores, pero que con sus hechos son sus más crueles tiranos"". Hablaba el ciudadano que dejó de ser indio.