Asuntos de familia

La Nueva España - Vida Cotidiana

No era momento para pichicaterías. Desde que los Borbones reinaban en España la nobleza novohispana de antaño había empezado a tener problemas ¿En qué cabeza cabía que la gente de alcurnia debía producir su riqueza cuando estaban acostumbrados solamente a administrarla? A todas luces se veía que gente sin estirpe, pero con actividad industriosa podría alcanzar niveles de poder económico equivalente al de la clase terrateniente de abolengo, pero sin el status que otorgaba un título nobiliario. ¡Qué desfachatez la de algunos comerciantes y mineros que imitaban el estilo de vida cortesano sin contar con los lazos de sangre que los vincularan con alguna orden caballeresca de viejo cuño!

Sin duda este tipo de preocupaciones corroían el alma de don Juan Manuel Lorenzo Gutiérrez Altamirano Velasco López de Peralta Legaspi Albornoz Castilla y Urrutia de Vergara. Siete generaciones de nobleza no podían dejarse de lado solamente por el snobismo de los nuevos ricos. No bastaba con ser parte de la nobleza, había que demostrarlo ante los demás. Su familia no sólo usufructuaba el mayorazgo de los Altamirano, a lo largo de varias generaciones había acumulado diversas cartas de hidalguía y prerrogativas reales como Marqueses del Río Pisuerga, Adelantados de las Islas Filipinas y Marqueses de Salvatierra, entre otros. Las diversas uniones matrimoniales, administradas con cálculo político, les habían acercado a obispos y virreyes; incluso se decían descendientes del Rey Pedro el grande.

Sin embargo, el año de 1767 marcó el inicio del declive familiar. En los siglos XVI y XVII la Corona Española solamente permitió que tres familias obtuvieran títulos nobiliarios ad infinitum: los descendientes de Moctezuma, Hernán Cortés y su prole y la familia Altamirano. Prehispánicos, conquistadores y criollos recibieron mercedes reales hereditarias por los siglos de los siglos. Sin embargo, las tierras correspondientes al título de estos últimos pertenecían al Marquesado del Valle de Oaxaca (es decir, al jefe de los conquistadores) que les había cedido los territorios de Calimaya, Metepec y Tepemayalco para que los Altamirano tuvieran una vida digna de los condes de Santiago de Calimaya en que se habían convertido.

El paso de los años hizo, sin embargo, que ese gesto deviniera en conflicto legal: los descendientes de Cortés reclamaron a los descendientes de Juan Altamirano Gutiérrez que les reincorporaran las tierras que originalmente les pertenecían. La Real Audiencia determinó, en 1767, que los condes de Santiago debían pagarles a los Marqueses del Valle de Oaxaca una cantidad exorbitante para retribuir el usufructo que obtuvieron en dichas tierras a lo largo de casi 200 años. Era la bancarrota.

A pesar del fallo -y con tal de no parecerse a los nuevos burgueses arribistas- don Juan Manuel Lorenzo seguía gastando lo poco que tenía en  lujosos y desmedidos atuendos. En la fiesta de san Hipólito ""una de las más lúcidas funciones donde sobresale la riqueza de esta opulenta corte -escribió fray Francisco de Ajofrín-, esmerándose cada uno en las galas y costo de aderezo... vi un aderezo del caballo en que salió a esta función el año pasado el conde de Santiago, que costó seis mil pesos"". Actitudes como la anterior llevaron al hermano del conde de Santiago, don José, a entablar una querella por el mal manejo de los bienes de la familia. El veredicto le fue favorable a don José, quien a partir de ese instante quedó como detentador del título de Marqués de Salvatierra, incluso cambió su apellido por el de Urrutia Vergara, deslindándose así de su antigua familia.

Por si esto fuera poco, el conde contrajo nupcias por segunda vez (después de haber enviudado) con una joven de 17 años. El escándalo no surgió por la juventud de la contrayente, sino porque las cuatro hijas, producto del primer matrimonio, que estaban bajo la custodia de la media hermana del conde, fueron objeto de otra disputa intrafamiliar, por la potestad de las niñas. Los Ovando -familia de la difunta esposa del conde- argumentaron que Juan Manuel Lorenzo ""no tenía disposición para educarlas por carecer de las luces naturales correspondientes para ello"" además de ""los grandes desfalcos que estaba padeciendo la casa del conde por su notoria ineptitud y falta de talentos para administrar sus bienes"". Exigían la restitución de la dote. Finalmente, la Real Audiencia tuvo que entrar nuevamente a resolver la disputa, designando a Mariano de Velasco Villavicencio, medio hermano del conde, para que se hiciera cargo de la administración de los bienes del condado, entre los que se contaban a las hijas desamparadas.

Obstinado por ostentar su hidalguía, el séptimo conde de Santiago de Calimaya, provocó una ruptura insalvable en el seno de su aristocrática familia. Quizás marcado por un sino fatídico para"