Los vitrales que causaron polémica

Arquitectura

""Aberración y mal gusto"", así definió el arquitecto Agustín Piña Dreinhofer el proyecto presentado por Mathias Goeritz a mediados de 1966 para cambiar las ventanas de la nave transversal de la catedral metropolitana por una serie de vitrales de colores que el arquitecto consideraba ""magníficos para un cabaret pero que en la catedral representan una verdadera catástrofe"".

El diseño de Goeritz a todas luces era revolucionario y audaz; rompía con ""la arquitectura renacentista, tranquila, lógica y severa de la catedral"", pero le añadía algo diferente e innovador al majestuoso templo: un elemento artístico moderno, propio de la segunda mitad del siglo XX.

Esta consideración ni siquiera pasó por la mente de los miembros de la Comisión de Monumentos que de inmediato pusieron el grito en el cielo. Veían en el proyecto de Goeritz, a la iglesia en manos de Lutero. Su obra fue considerada como ""perjudicial y artísticamente irrespetuosa"".

La férrea oposición, sin embargo, no era extraña ni ajena a la época. Hacia 1966, la sociedad de Mexicana se movía en las aguas de cierto conservadurismo complaciente; vivía felizmente sometida al control y el orden establecidos por el sistema político mexicano y particularmente por el régimen de Díaz Ordaz. Cualquier cambio que intentara romper con los esquemas tradicionales era cuestionado e incluso considerado como peligroso.

En el arte la situación no era diferente. Los puristas de la Comisión de Monumentos verdaderamente se lamentaban porque los vitrales ""desvirtuarían las líneas de la obra neoclásica de Tolsá""; cuestionaban que los vidrios utilizados fueran de colores cuando en tiempos coloniales eran transparentes, lo cual además, afectaría la iluminación de las pinturas. Por si fuera poco, no podían comprender ""la repartición irregular de los vidrios"", cuando los diseños coloniales mostraban trazos simétricos y perfectos.

El 11 de septiembre de 1966, el arquitecto Piña Dreinhofer publicó en ""México en la Cultura"", un artículo titulado ""Ventanas a Go-Go en la catedral de México"", donde transcribió el Dictamen Oficial de la Comisión cuya conclusión señalaba: ""Sería un error muy grave permitir, en un monumento tan respetable como es la Catedral de México, obras que desvirtúan y demeritan a dicho monumento"".

A pesar de la molestia, el proyecto de Goeritz prevaleció. Los vitrales de colores abrieron un espacio al arte del siglo XX, en una construcción que tenía casi cuatro siglos de existencia. Si bien, la polémica continuó unas semanas más, concluyó abruptamente en enero de 1967 debido un incendio al interior de la catedral que provocó graves daños en las obras de arte, el coro y el órgano.

Paradójica polémica, si se considera que la catedral que conocemos es resultado de varios estilos arquitectónicos, resume la visión de distintos artistas y las concepciones de diversas épocas. Los cimientos fueron colocados en 1573 y todavía en el siglo XIX continuaban sus trabajos. En ningún caso, se pretendió destruir lo anteriormente creado, al contrario, intentó complementarse. Así, en el interior de la catedral conviven, el barroco, el churrigueresco, el neoclásico; se fusionaron las ideas y construyeron un todo.

La catedral metropolitana no fue el único templo donde se desarrolló el proyecto de los vitrales; el antiguo convento de Azcapotzalco, la iglesia de Tlatelolco y la catedral de Morelos también se embellecieron con la genialidad estética de Goeritz. Los vitrales de la catedral de México representan la aportación artística del siglo XX mexicano a la historia de la catedral -única centuria que se encontraba ajena al magno templo. Retirarlos o modificarlos, como al parecer pretenden hacerlo las autoridades culturales, significa borrar una parte importante de su pasado.

La catedral metropolitana es innegablemente un icono. Con más de cuatrocientos años de historia no podía ser de otra forma. El majestuoso templo ha visto pasar el tiempo mexicano. Ha presenciado el ascenso y caída de los hombres; la devoción popular, las muestras de fe, la vida cotidiana de la sociedad. Sus muros, sus columnas, sus altares, sus vitrales no son tan sólo ejemplos de la arquitectura y las artes de diversos siglos, son cátedra de historia viva. La catedral metropolitana guarda celosamente la memoria colectiva de la nación.