Vicente Leñero: el oficio de la palabra

Literatura - Personajes

Guadalajara, Jalisco, fue la ciudad que “por accidente” vio nacer a Vicente Leñero el 9 de junio de 1933. Su familia se encontraba temporalmente en la ciudad, en un intento del padre de Leñero por mejorar su economía. Al poco tiempo, regresaron a la ciudad de México, a iniciar el negocio de una fábrica de refrescos caseros.

             Para complacer a su familia, estudió ingeniería civil en la Universidad Nacional Autónoma de México, pero en cuanto se graduó, en 1959, guardó en un cajón su flamante título de ingeniero y se inscribió en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García.  Sus principales maestros fueron Rodolfo Usigli, Ramón Xirau y Juan José Arreola.

            “Quiero ser aceptado, padre, me acuso. Quiero ser escritor, señor Faulkner, perdóneme”, escribió a los treinta y tres años en una autobiografía. Muchos años después reconocería: “Soy un hombre que descubrió el oficio de las palabras en lugar del oficio de la ingeniería –declaró Vicente Leñero en su cumpleaños número ochenta- […]. Y que descubrió el oficio de la palabra se puede enfocar a todo lo que necesita de ella: radionovela, telenovela, cine, teatro, cuento, novela, periodismo… Ya no hay más”.

            Y así fue, las historias que brotaban de las manos de Leñero, realidad pasada por el arte de contar  -y contarlo bien- se manifestaron en casi todas las formas literarias; la poesía fue lo único que se le escapó, “lo mío es la palabra escrita, no la hablada”.

            Su carrera periodística comenzó su camino en las revistas Impulso y Señal; posteriormente dirigió Claudia (una revista de información para la mujer liberada que circulaba en Argentina y Brasil), de 1969 a 1972 y Revista de Revistas; además del suplemento cultural de Excélsior, entre 1973 y 1976. También fue fundador de la Revista Proceso. Trabajó con Gustavo Sáinz, José Agustín, Federico Campbell e Ignacio Solares, quien lo recuerda como un hombre con una “visión única e irrepetible de la realidad humana”.

            Era  un fumador empedernido; obsesivo: primero escribía y corregía sus textos a mano, cuantas veces fuera necesario, antes de pasarlos a máquina; se reconocía supersticioso. Nunca escribía a espaldas de una puerta; gran aficionado al ajedrez, en 2006 se enfrentó al búlgaro Veselin Topalov. “Me partió la madre”, le dijo el escritor a su esposa Estela Franco cuando le preguntó cómo le había ido.

            Su primera novela fue La polvareda, a la que le siguieron La voz adolorida y Los Albañiles, por la que obtuvo el Premio Biblioteca Breve en 1963; continuó con El garabato, de 1967; El evangelio de Lucas Gavilán, de 1979; Asesinato, de 1985; y La vida que se va, su última novela publicada en 1999.  En el año 2011, recibió junto a José Agustín la medalla Bellas Artes de México que otorga el Instituto Nacional de Bellas Artes.

            Murió  el 3 de diciembre de 2014, a los ochenta y un años, debido a complicaciones de un enfisema pulmonar. Maestro querido y extrañado, formó a decenas de jóvenes novelistas, dramaturgos y guionistas de cine.