Un antro de la Zona Rosa: el Chez Agnes

La época de las crisis - Vida Cotidiana

Todas las ciudades, en especial las grandes urbes, cuentan con barrios de toda calaña: residenciales, industriales, comerciales; o bien se distinguen por sus habitantes, digamos, de pudientes a no pudientes.

Pero hay otros barrios que dan vida a las ciudades de diferente forma, en ellos habita otro tipo de fauna: aquella que no distingue el día de la noche, ni discrimina géneros, que va y viene, se multiplica o desaparece, que vive para el disfrute y el exceso.

En la ciudad de México, la Zona Rosa ha sido uno de esos barrios. Un día nació -en el corazón de una colonia porfiriana-, allá en la década de los sesenta, como espacio bohemio, para intelectuales y artistas. Lo poblaron librerías, cafés y foros. Lo recorrieron galeros, pintores, escritores.

Para los años ochenta, la Zona Rosa se volvió más diversa y se ofreció gustosa a los nuevos habitantes de la ciudad. No desaparecieron los restaurantes, ni los cafés, ni los bares, solo se sumaron otros con un rostro acorde a la época.

Uno de esos espacios era un bar pequeño y sumamente incómodo, pero alternativo en medio de la avalancha pop que invadió la década.

El Chez Agnes se ubicaba -si no mal recuerdo- a una o dos cuadras del Metro Insurgentes, sobre la calle de Liverpool. La decoración era ecléctica, en una de las habitaciones (era una casa adecuada como antro) había una mesa de madera al centro, unos sillones, una chimenea (¡!) sobre la que colgaba un cuadro de medianas dimensiones de James Dean a lo Andy Warhol.

El foro era ridículamente pequeño, con espacio reducido para los músicos y esas mesas absurdas de bar, redondas, chaparras. Pero entonces todo eso daba igual.

El Chez Agnes ofrecía música en vivo con artistas de gran nivel que tocaban jazz, blues, rock. Con frecuencia sonaba la guitarra de Guillermo Briseño y dicen que una vez Carlos Santana (de visita en uno de sus primeros conciertos en México) regaló un palomazo.

Los personajes ahí reunidos daban cuenta de la diversidad del barrio, con roqueros embutidos en piel, jipis con chalecos chiapanecos y guaraches, universitarios casuales, clasemedieros con aspiraciones de rebeldes. Y afuera, por las calles de la Zona Rosa, los ochenta en pleno.

De los antros emergía la música, por ahí una trova, por allá un bolero, más allá el pop en inglés o su similar en español. Mientras por las calles, la sangre circulaba vigorosa: hombres y mujeres rayando en la androginia, homosexuales, travestis, bugas, heteros…

El tema del SIDA apenas y se mencionaba; nadie quería echar a perder la noche urbana, multicolor y luminosa de la gran ciudad que se concentraba en unas cuantas cuadras, donde todo podía suceder. Y sucedía.