Sara y Francisco: sin lugar para un final feliz

La revolución - Hechos

Se alzó de puntas para alcanzar a abrazar el cuerpo frío, tieso. Muerto. El cuerpo, el cadáver del único hombre que amó (y amaría) en la vida. No era la primera vez que tenía frente a sí a un muerto, pero éste era la peor de sus pesadillas hecha realidad.

Sara Pérez, Sarita para los amigos, fue la esposa de Francisco Ignacio Madero, jefe de la revolución que inició en 1910. A su lado permaneció desde el principio hasta el fin, cual fiel compañera de batallas, sin cuestionar el destino elegido por su marido.

Tengo la impresión de que siempre supo que lo vería morir como quieren los toreros: haciendo lo único que sabía hacer, luchando en el ruedo. Francisco y Sara se casaron en 1903, después de que el propio Madero contara lo cara dura que fue en su juventud.

En los primeros años de matrimonio, Sara sufrió abortos involuntarios, una débil salud y la constante ausencia de un marido que viajaba mucho. Resignada a la falta de hijos, los ideales del esposo se convirtieron en los suyos.

Lo siguió durante la campaña presidencial en 1910 y soportó las agresiones y los momentos ríspidos; lo visitó cuantas veces estuvo en la cárcel, preso de sus ideas; lo esperó paciente a que regresara de sus primeros intentos revolucionarios, con el Jesús en la boca y el rosario en la mano.

Durante la toma de Ciudad Juárez se mantuvo en vela a la espera de la peor de las noticias. A lado de Madero visitó a los heridos de guerra. Rezó por todos los muertos, revolucionarios o no.

Y cuando, finalmente, su esposo se convirtió en el primer presidente democrático del siglo XX mexicano, cumplió con su papel de primera dama hasta el momento fatal.

Tan solo unos cuantos días de historia nacional fueron suficientes para cambiar su historia personal. Un buen día, el marido que sale a trabajar por la mañana, ya no regresa a casa por la noche. Doña Sarita no volvió a ver a Madero vivo. El abuso de poder y la rudeza innecesaria por parte de Victoriano Huerta, la traición, la ambición, la soberbia que rodeó los acontecimientos de la Decena trágica (9 a 18 de febrero de 1913) y el asesinato del presidente Madero y el vicepresidente Pino Suárez (22 de febrero), le arrebataron el derecho de velar a su muerto. Sólo lo vio cadáver, frío, tieso y ""muda de espanto depositó en su helada frente un beso...""