Palacio de Cortés: paraíso del conquistador

Arquitectura

Don Hernán Cortés topó con Cuernavaca —llamado por entonces Cuauhnáhuac— unos meses antes del sitio de Tenochtitlan, en diciembre de 1520, mientras se reponía de la dolorosa derrota de la Noche Triste. Preparaba la contraofensiva contra los aztecas y supervisaba la construcción de los bergantines que botaría en el lago de Texcoco para sitiar la ciudad en el lago.

En la campaña sobre los pueblos vecinos de los aztecas —que fueron reducidos por el conquistador para evitar un posible apoyo durante el sitio— Cortés sometió con la espada a los tlahuicas, señores del valle de Cuernavaca. Desde ese momento, el lugar le pareció un paraíso.

En 1526 cuando las intrigas en la ciudad de México alcanzaron al conquistador, Cuernavaca apareció de pronto en sus reflexiones y decidió construir un palacio aprovechando el estratégico lugar y la riqueza de recursos. Ordenó así, entre 1527 y 1528, la construcción de una réplica ampliada del alcázar que don Diego Colón edificó en Santo Domingo y que lo había impresionado en 1504 cuando pisó por vez primera las islas del Nuevo Mundo.

""Pudo hacer vida tranquila y dichosa en Cuernavaca, pero el genio es incompatible con el descanso"" —escribió José Vasconcelos en su biografía del conquistador. Hombre de empresas, siempre en movimiento, alentado por la misma audacia y valentía que lo acompañaron a Tenochtitlan, Cortés se dio poco tiempo para disfrutar su palacio. El tiempo lo gastaba organizando expediciones, apoyando nuevos viajes, enviando avanzadas hacia regiones desconocidas. Lo movía un deseo íntimo de conocer hasta el último secreto de aquel vasto territorio.

Cortés se estableció en Cuernavaca en 1531 con doña Juana Zúñiga, su segunda esposa, quien continuó viviendo en esa construcción después de la muerte del conquistador. Durante varios años la vida cotidiana de la familia Cortés transcurrió apacible. A don Hernando, sin embargo, la tranquilidad parecía irritarlo, buscaba afanosamente regresar a las andanzas propias del conquistador. Cuando no estaba pensando en mayores hazañas o supervisando la construcción de naves en su astillero de Tehuantepec, se le veía recorriendo las tierras del marquesado del Valle, donde había introducido exitosamente la caña de azúcar. Por momentos parecía disfrutar de las faenas agrícolas.

""En este agradable retiro se ocupaba Cortés —escribió Lucas Alamán— de introducir en sus estados todos aquellos ramos de cultivo que hoy forman la riqueza de la tierra caliente, de propagar los ganados, y no menos del trabajo de las minas, pero el punto que de preferencia atraía su atención eran los viajes y descubrimientos en la mar del Sur. Como si la conquista de la Nueva España no hubiese sido más que un paso que debía facilitar este grande objeto, su ardiente imaginación no se contentaba con otra cosa que con el descubrimiento y conquista de las islas de la Especiería, y con someter a la corona de Castilla el grande imperio de la China"".

El palacio era una verdadera fortaleza que contaba con todos los servicios. Ante un eventual ataque de los indios, el conquistador podía hacerse fuerte en el interior de la sólida construcción y resistir cualquier asedio. La armería era uno de sus lugares favoritos,  contaba con arcabuces, escopetas, lanzas, ballestas, espadas; por si fuera poco, tenía diez cañones, piezas de armaduras, materiales navales y barriles de pólvora. No podían faltar las cuadras de caballos.

En su extensa propiedad tenía huerta, molino ""de pan moler"", almacén y horno. La capilla también estaba bien abastecida, en su interior había todos los instrumentos necesarios para los ritos religiosos: casullas, estolas, albas y libros litúrgicos —misales, salterios y de canto llano—. Para el servicio de la casa, el conquistador disponía de cocinera, camarera, repostero, sastre, hortelano, cordonero y varios esclavos negros que utilizaba en otras labores.

No faltaba el lujo que acompañaba a todo marquesado. En las salas principales del palacio se contaban 21 tapices, probablemente flamencos, ocho antepuertas, también de tapiz, y 14 alfombras. De los muros pendían cinco guardamecíes, cueros con figuras repujadas y coloreadas de origen árabe producidas en Córdoba. Había dos espadones y un jaez para caballerías, cuatro doseles, para el caso de que llegaran a la casa dignidades, varias sillas, sillones y bancas y tres cofres, uno de ellos de Flandes.

Durante la década de 1530 el palacio de Cortés vivió su época de oro. El marquesado del Valle creció bajo su sombra aprovechando las fértiles tierras de la región y el palacio fue admirado por propios y extraños. En 1540 el conquistador viajó nuevamente a España y ya no pudo regresar. La muerte le ganó la última batalla en Castilleja de la Cuesta el 2 de diciembre de 1547.