Muerte en Tlaxcalantongo

La reconstrucción - Hechos

Carlos Silva Cázares

"Tlaxcalantongo no es un pueblo ni una aldea; escasamente es una ranchería de indios que viven primitivamente en jacales edificados con yerbas y ramajes de árboles entre los que el frío y la lluvia se cuelan casi de igual manera que en el campo raso". Este fue el testimonio del general Francisco L. Urquizo, Ministro de Guerra del Carranza, al llegar a la población en que el Primer Jefe perdiera la vida el 21 de mayo de 1920.

          El hecho de cómo Carranza y su gente llegó hasta esa población serrana del estado de Puebla es más que conocida por los cientos de páginas que han dado testimonio del acontecimiento, aunque son poco conocidos los últimos momentos que vivió el aún presidente mexicano (aunque según el Plan de Agua Prieta había dejado de serlo desde el 23 de abril, en que se proclamó su desconocimiento).

          Al llegar a la estación de Aljibes, la comitiva tuvo que abandonar el tren presidencial por la destrucción de las vías. Continuaron a caballo. Al llegar a Patla, ya lo esperaba el general Rodolfo Herrero, tránsfuga del Ejército Federal desde 1910 y reincorporado por influencias en distintos frentes, aunque, la verdad sea dicha, siempre al lado de personajes con perfil contrarrevolucionario como Manuel Peláez y Francisco de P. Mariel.

          En Tlaxcalantongo, el primer círculo carrancista buscó de inmediato la comodidad del Primer Jefe, unos yendo a buscar alimentos en los jacales cercanos, otros encargándose de las "comodidades" del "cuarto presidencial", y otros más, como el general Francisco Murguía, el "fiel y temible Pancho Reatas", se encargaron de las bestias, para que comieran, bebieran y descansaran para estar listas a la siguiente jornada.

            Secundino Reyes, el veterano asistente de Carranza hizo una cama con la montura y las sudaderas de su caballo. En ese mismo jacal encontraron acomodo los miembros del gabinete: Juan Barragán, Pedro Gil Farías, Manuel Aguirre Berlanga, Francisco Murguía, Mario Méndez, Luis Cabrera, entre otros.

             Durante la frugal y sencilla cena, pedazos de carne asada, una gallina hervida y café, los hombres de Carranza comenzaron a manifestar su desconfianza por Herrero: "es servil, zalamero, muestra una actitud hipócrita y extraña para un alzado que hasta hace poco se amparó en la amnistía, luego de desertar de las filas de Manuel Peláez".

             Carranza contestó ante los desanimados: "nunca se impide que ocurra, lo que va a ocurrir, o nos va bien o nos va muy mal". Y como una sentencia fúnebre terminó agregando: "digamos como Miramón en Querétaro: Dios esté con nosotros en estas veinticuatro horas".

            Repentina y sospechosamente, Herrero avisó que era urgente su presencia en Patla; tomó un caballo tordillo, algunos hombres e inició su marcha, despertando aún más la desconfianza de los carrancistas. Secundino encendió un cabo de vela que extrajo de su morral y al poco tiempo Carranza ordenó que lo apagara, pues habrían de utilizarlo para alumbrarse al continuar su marcha.

            Al poco rato, con la lluvia inclemente que los había acompañado desde la estación de Aljibes, un indio serrano llegó hasta la barraca para entregarle a Carranza un mensaje de Mariel en que le confirmaba el apoyo de tropas para él y su comitiva en Villa Juárez al siguiente día.

            Carranza dijo: ""La verdad es que no había podido dormir pensando en esto; ahora si ya vamos a descansar"".

            Después de unas horas, alrededor de las tres de la mañana, confundidos entre los relámpagos, inició un tiroteo contra la casa. Al grito de "muera Carranza, viva Obregón, sal viejo arrastrado, aquí viene tu padre, sal viejo, ora sí vamos a jalarte las barbas", se inició una segunda ráfaga que hirió y rompió una pierna del Primer Jefe: 'tengo una pierna rota y no puedo levantarme' le dijo a Aguirre Berlanga"".

            Carranza había recibido cinco balazos, "Una en el pulmón que le ha abierto una herida por la que escapa el aire, con un gorgoteo angustioso. Sangra también del vientre, el muslo y la mano izquierda, de cuyo dedo índice se ha desprendido la falange".

            Hubo una tenue respuesta a los disparos, duraron menos de diez minutos, y aunque un sordo silencio cubrió el ambiente, de pronto un grito llamó la atención de todos al interior: "El jefe está muriendo; oigan ustedes el estertor de su agonía".

             Ignacio Suárez, Jefe de Telégrafos, convertido en soldado, alzó la mano de Carranza y exclamó: "El presidente acaba de morir; tomen en cuenta la hora que es; las cuatro y veinte minutos". De repente los asesinos, entre ellos el sobrino de Herrero, Ernesto, derribaron la puerta y entre "burlas y blasfemias", ordenaron a todos abandonar el jacal.

             Después de hacer desfilar a los cuarenta y tantos carrancistas al frente de los alzados (era lo que quedaba de los 4 mil hombres que habían salidos de la ciudad de México trece días antes para acompañar a Carranza en su aventura), Secundino, sin importarle su destino, entró a la casa para cubrir el cuerpo de Carranza.

             Urquizo sentencia: "Cayó solemne y digno como el roble en la montaña que abate el huracán. Su cuerpo fuerte y su porte austero cayeron para siempre en la última jornada de su vida". Hasta aquí la crónica de los hechos.

             La historiografía subraya que antes de que Carranza tomara la decisión de abandonar la capital para dirigirse a Veracruz, le fue entregado un salvoconducto para tener vía libre hasta su destino.

             Sin embargo, existen algunos documentos que contrarían la veracidad de los hechos. Aparentemente, se había ordenado el Jefe Militar de la zona de Papantla, Coronel Lázaro Cárdenas el Río, sumarse a la comitiva carrancista para asegurar su vida hasta Veracruz.

             Cárdenas escribió que era imposible el paso de sus tropas hasta el sitio en que se encontraba Carranza debido a lo alto del río. Sin embargo, un documento, aparentemente apócrifo, por su sencillez y hasta por su candidez, firmado por Cárdenas menciona las instrucciones dirigidas a Rodolfo Herrero:

"Sr. General, Villa de Juárez, Puebla. Lo saludo afectuosamente y le ordeno, que inmediatamente organice su gente y proceda desde luego a incorporarse a la comitiva del Señor Presidente Carranza; una vez incorporado, proceda a atacar a la propia comitiva, procurando que en el ataque que efectué sobre estos contingentes, muera Carranza en la refriega, entendiendo que de antemano todo está arreglado con los más altos jefes del movimiento y, por lo tanto, cuente usted conmigo para posteriores cosas que averiguar. Como siempre, me repito atento amigo, compañero y S.S. Lázaro Cárdenas".

            Después de que se supo la muerte de Carranza, para el 23 de mayo, el general Obregón ordenó a Cárdenas, presentar a Herrero ante la capital para una investigación, de la cual salió bien librado. Existen documentos en que Herrero escribió a Mariel una carta en que le daba parte de la muerte de Carranza: "para bien de la nación".

            El cuerpo de Carranza llegó a México en estado de descomposición. Entre otros rumores se asegura que el mal proceso de embalsamamiento "provocó que las moscas entraran por las fosas nasales del Primer Jefe, deformando su cabeza y su cuerpo".

            El 24 de mayo Carranza fue enterrado en el Panteón de Dolores. Ese mismo día, se reunieron los Diputados con el propósito de nombrar un presidente interino. El hombre ungido fue Adolfo de la Huerta, como se tenía pactado, uno de los hombres que conformaban el "triángulo sonorense", Obregón, Calles y el investido.

            Carranza inició la segunda etapa del movimiento armado iniciado en 1910; institucionalizó la Revolución, tal como lo dijo Sorel: "es necesario reconocer que el desarrollo verdadero de la revolución en nada se pareció a las primeras imágenes encantadoras que entusiasmaron a sus primeros adeptos; pero, ¿habría triunfado la revolución sin esas imágenes?" Los años posrevolucionarios se encargaron de hacer desaparecer esas imágenes, pero, para bien y para mal, éstas fueron los artífices del sistema político mexicano del siglo XX.