México, ¿siempre fiel?

La época de las crisis - Hechos

Que un hombre de su edad y con calidad de jefe de Estado se hincara y besara suelo mexicano tenía su gracia. Que lo recibiera su homólogo el entonces presidente José López Portillo, solo como ""visitante distinguido"", también tenía su gracia. Que millones de mexicanos lo vitorearan y lloraran a su paso cual rockstar, tenía su gracia.

En enero de 1979, Karol Wojtyla, el papa Juan Pablo II, realizó su primera visita a México, país con el que el estado Vaticano no lograba restablecer relaciones, en el entendido de que el nuestro es un Estado laico desde el siglo XIX. De modo que una vez que el papa bajó del avión DC-10 de Aeroméxico e hiciera su entrada triunfal envuelto en un acto de humildad de alto impacto (sic), José López Portillo le dio la bienvenida amable y diplomática, le deseó éxito y cedió el paso al episcopado y a los fieles católicos para el resto de la visita.

Pero como el monstruo mitológico de la Quimera y sus tres cabezas -aunque López Portillo hubiera preferido la de Quetzalcóatl-, el presidencialismo mexicano se las ingeniaba para dar gusto a todos.

Con su cuernos de cabra daba tibias cornadas a los defensores del laicismo y de la legalidad con lo que los mantenía presentes, pero alejados.

Con la del león mantenía contenta a la manada, a pesar de que estaban prohibidas las manifestaciones religiosas en los espacios públicos y lo que procedía era imponer al menos una sanción a la Iglesia, el presidente declaró que él pagaría la multa. El pueblo quedó contento.

En tanto, su fiera cabeza de dragón desplegó su poder y mostró su verdadera esencia, con la supuesta misa privada que Juan Pablo II dio en Los Pinos dedicada en exclusiva a la madre del Jefe del Ejecutivo.

Así, mientras la Quimera de la política nacional nos daba coletazos y cabezazos a todos, el papa hizo la felicidad de sus feligreses que lo siguieron incondicionales, le lloraron, lo arroparon y le cantaron sin parar la canción Amigo de Roberto Carlos, convertida en himno mexicano para visitas papales.

El papa rindió culto a la virgen de Guadalupe y llamó a los católicos, guadalupanos, con lo que reconoció una cualidad de su identidad más allá de lo mexicano. Y a la nación la llamó ""siempre fiel"", como una invitación a mantenerse del lado de la Iglesia católica. Ambos apelativos dejaron satisfechos a sus seguidores: guadalupanos y fieles. Si bien las visitas se repitieron, lo primero se mantiene a pesar de todo, pero lo segundo ha disminuido de más de un 90% en la década de los setenta a 83% en los últimos años.