Leyendas del sureste

Datos Curiosos

Por Alejandro Rosas

La nueva sociedad que surgió de la fusión del encuentro de dos mundos, vivió entre supersticiones, ignorancia y supercherías los años inmediatos a la conquista y con el tiempo fue creando un sinnúmero de historias, unas ciertas, otras fantásticas que tomaron forma en las leyendas que encontraban eco en las tertulias novohispanas, cuando la oscuridad asomaba en las calles y sólo se escuchaba el grito del sereno a determinadas horas.

Contaban los viejos, que allá por el año de 1560 la soberbia ciudad de Valladolid (Mérida) padeció con la presencia de un duende, que de la nada, se presentó para asolar y aterrorizar a varias poblaciones cercanas. Travieso y juguetón, el duendecillo gustaba de parlotear, reír y burlarse de las desgracias ajenas. Se recomendó entonces no seguirle el juego y el pequeño ser del inframundo desató su ira. Varias decenas de casas fueron incendiadas y sólo la intervención de un sacerdote, ejecutando un exorcismo, salvó de la destrucción total aquella región.

Los hechiceros se cocían aparte. Los temibles nahuales eran los mismísimos brujos que, buscando realizar sus fines, adoptaban la figura de algún animal, generalmente un caimán o un coyote. Parecía una historia burda, pero la gente de los pueblos afirmaba que tales historias eran verídicas y decían que si le daban muerte al coyote, el hechicero fallecía y con las mismas heridas del animal.

Entre las leyendas novohispanas de aparecidos, una de las más conocidas era la del “Hacha nocturna” (Iohualtepocchtli). Se sabía de su existencia porque antes de presentarse a los mortales se podían escuchar golpes similares a los que producía una hacha al pegar contra la madera. “Si algún hombre animoso y esforzado” no huía y buscaba el origen de esos golpeteos, luego de un tiempo “veía un hombre sin cabeza, cortado el pescuezo como un tronco, y el pecho abierto, y dividido en dos partes como unas puertecillas, que se abrían y cerraban, y por la abertura del pecho se le veía el corazón y entonces el hombre podía meter la mano y con esto le pedía mercedes conforme a lo que necesitara, hijos, hacienda, o esfuerzo en la guerra”. En cambio, si el hombre era cobarde, todas las desgracias se posarían sobre él y su descendencia.

De las historias del siglo XVII, a la gente le gustaba escuchar aquella leyenda que señalaba que si una persona era mordida por una de las víboras más venenosas de la región del sureste novohispano, era fundamental enterrarla boca abajo, de lo contrario, a los pocos días todo quedaría inundado. Un sacerdote, que acusó a los indios de idólatras, vivió para contar que con sus ojos, vio como dos pueblos enteros en diferentes años, quedaron cubiertos por el agua, luego de enterrar a sus muertos por picadura de víbora, boca arriba. Hay quienes dicen que todo sucedió alguna vez.