La mamitis que costó una guerra: Ignacio Comonfort

La era liberal - Hechos

No tenía ojos para ninguna otra mujer; ninguna podría alcanzar la cima de su corazón como ella, ni ocupar todos sus pensamientos, ni compartir sus sueños. A sus ojos no había una mujer más admirable que su madre, y a doña Guadalupe de los Ríos le entregó su devoción. Por desgracia, para el México de mediados del siglo XIX, el presidente Ignacio Comonfort tenía mamitis.

""La anciana madre del general Comonfort -escribió Juan A. Mateos-, era el ídolo, el primero y el último amor de aquel hombre tan valiente en los combates y tan tímido en la política"". Desde los primeros años de juventud, la influencia de doña Guadalupe de los Ríos fue determinante en la formación y el carácter de Ignacio, sobre todo a la muerte de su padre, don Mariano Comonfort. Ignacio, tenía cualidades para los negocios y la administración que puso de manifiesto al ocuparse del cuidado y bienestar económico de su familia. Su madre había hecho de él un hombre refinado, acomedido, dado a las tareas del hogar y sin miedo a mostrar sus más profundos sentimientos.

""Hombre naturalmente dulce, pacífico y de educación la más pulcra y delicada -escribió Guillermo Prieto-, parecía nacido para el cultivo de los inocentes goces domésticos. La pasión profunda y la veneración por la señora a quien llamaba madre, hacían que la acompañase frecuentemente, creando en él, el hábito de tratar con señoras ancianas, mimar y condescender con los niños y ser un tesoro para las intimidades de familia. Ya arreglaba los tirantes de un papalote, ya competía en el trompo con otros chicuelos... hablaba con las pollas de bailes y de modas, daba su voto en confecciones de guisos y postres y oía los cuentos y milagros, con atención sostenida"".

La tibieza, producto de su enorme complejo de Edipo, marcó el carácter de Comonfort. Nadie habría podido juzgarlo por sus prendas en el terreno de las armas -había encabezado la revolución que derrocó a Santa Anna-; ni por sus cualidades en el campo de la política -logró llevar a feliz término la promulgación de la nueva Constitución (1857)-, pero era un hombre irritantemente indeciso. Y un presidente de la República dubitativo e irracionalmente conciliador, inmerso entre las aguas de los dos proyectos nacionales que pretendían definir el futuro del país a mediados del siglo XIX, era una bomba de tiempo.

Con la promulgación de la nueva Constitución, el 5 de febrero de 1857, las diferencias entre liberales y conservadores se agudizaron: la iglesia amenazó con excomulgar a todos aquellos individuos que juraran la carta magna, pues la consideraban una afrenta a Dios. Siendo presidente de México, Comonfort la había jurado.

A sabiendas de que su hijo se estaba condenando en vida -y azuzada espiritualmente por el padre Miranda-, doña Guadalupe decidió hablar seriamente con Ignacio, para persuadirlo del gravísimo pecado que comentía al apoyar la Constitución. Y como buena madre chantajista, sabía cuáles eran las fibras sensibles de su hijo y disparó certeramente a su corazón:

""¡Aquí, sobre mis rodillas, te enseñé a pronunciar el nombre de Dios! -dijo la madre, según refiere Juan A. Mateos-. Yo empapé tu cabeza con las aguas bautismales y los óleos ungieron tus cabellos; yo te llevé al pie del altar y la hostia consagrada llegó a tus labios llevando el perfurme de la fe católica… ¡Tú has sido creyente y lo sigues siendo todavía! ¿Por qué, entonces derribar lo que has adorado y quemar en la llamada de la impiedad tus creencias sagradas?"". 

Doña Guadalupe cambió varias veces su tono de voz; se le escuchaba dulce, tierna, luego firme, suplicante, amorosa. Poco a poco fue doblegando el indeciso corazón de su hijo que se encontraba en una grave disyuntiva: la Nación o su madre. Al final, se inclinó por el amor maternal y fiel a su cariño, pocos días después, el 17 de diciembre de 1857, apoyado por los conservadores, desconoció la Constitución que él mismo había jurado. Comenzó así la guerra de Reforma.