Casa Luis Barragán: el universo del genio

Arquitectura

""Mi casa es mi refugio, un trozo de arquitectura emocional"", confesó en alguna ocasión Luis Barragán refiriéndose a su morada de Tacubaya. La genialidad del arquitecto no quedó plasmada exclusivamente en los pasajes de su vida, en las anécdotas curiosas o en la estrecha relación con el mundo intelectual de su época; logró llevarla más lejos: íntegramente la transmitió a su casa otorgándole vida e historia propias.

A los ojos de cualquier persona, aquel extenso terreno de la zona de Tacubaya era sólo un baldío con algunas construcciones sin mayor importancia, y a mediados del siglo XX demasiado alejado —todavía— del movimiento cotidiano de la ciudad de México. Pero don Luis no era cualquier persona. Andaba por esos rumbos para comprar unos perros y al ver la cuadra llena de árboles inmensos vislumbró su gran obra, hizo los arreglos conducentes y adquirió el predio.

Originario de Guadalajara, con estudios de ingeniería civil y una pasión extraordinaria por las formas y la estética, Barragán se estableció en la ciudad de México hacia 1936. Tenía por entonces 34 años y seis de ejercer su actividad profesional, en la cual se percibían atisbos de la revolución arquitectónica que estaba por iniciar.

Un viaje a Europa en los primeros años de la década de 1920 determinó su concepción de la arquitectura. Dejó atrás la visión provinciana —construida a lo largo de años entre la vida cotidiana del rancho familiar y la ciudad de Guadalajara— para llenarse con lo universal, con ideas y conceptos que traspasaban todas las fronteras. En España, Barragán se apasionó por las construcciones andaluzas, con los milenarios espacios árabes en Granada y con los jardines mediterráneos.

Al regresar a México realizó en su mente una síntesis de su experiencia visual, una fusión de su conocimiento de la arquitectura mexicana y las nuevas directrices de la arquitectura europea. De allí surgieron sus primeras obras realizadas en Guadalajara, la casa González Luna y la casa de Enrique Aguilar (1928), en las que comenzó a trazar su propio estilo, donde los espacios y la austeridad se combinan en patios, muros, jardines y terrazas.

Cuando Barragán adquirió el terreno de Tacubaya y se disponía a proyectar su casa, tenía ya un importante camino recorrido en la arquitectura nacional. Entre 1936 y 1940 levantó unos departamentos en la plaza Melchor Ocampo; se ganó la admiración —y una que otra crítica— por sus innovadores jardines en el fraccionamiento del momento: el Pedregal de San Ángel (1945-1950), en los cuales aprovechó el entorno volcánico natural. También había proyectado los jardines del Predio del Cabrío (1944) en la ciudad de México, donde uno de los elementos era la constante presencia del sonido del agua. En tal belleza y esplendor —similar a la de los jardines islámicos— probó lo que solía decir: ""Un jardín bien logrado debe contener al universo entero"".

Don Luis construyó una primera casa tomando como modelo la edificada al lado de su terreno. El área adquirida rebasaba los tres mil metros cuadrados, de los cuales destinó buena parte a uno de los jardines más hermosos de México. Consideró, sin embargo, que era un espacio excesivo, fraccionó el terreno y en un área de casi mil metros cuadrados construyó la que con el tiempo sería su famosa casa, no sin antes vender la primera a una familia de plateros de apellido Ortega.

A partir de 1948 don Luis experimentó todas sus ideas y concepciones arquitectónicas en su propia casa. Se alejó rápidamente, radicalmente, de las modas de ese tiempo —racionalismo y funcionalismo— y se entregó con libertad a la tarea de edificar a su entero gusto. El inmueble de Tacubaya fue sometido a cambios continuos, pero Barragán se ajustó siempre a un principio en el que creía casi religiosamente: ""la arquitectura debía conmover por su belleza"".

La soledad y el silencio

Habitó esa casa durante 40 años. De sus muros y espacios emergió la parte más creativa de su vida. De todas las experiencias, de todos los caminos, de todas las influencias, Barragán tomó elementos para sus creaciones. Los asimilaba, los fundía, los volvía a pensar y a proyectar y finalmente les daba un sentido diferente que lograba materializar. Incluso la profunda religiosidad que recibió del seno familiar desde pequeño, pudo transformarla en arquitectura. Era un admirador de los monasterios y construcciones franciscanas, leía y releía los textos de san Francisco de Asís, y de esta suerte la austeridad de sus construcciones y la presencia del blanco como símbolo de pureza le otorgaron a su obra, un sentido de religiosidad arquitectónica.

La idea del recogimiento espiritual, de la soledad y del silencio aparece en todos los espacios. El tiempo y lo exterior pierden su significado en el interior de la casa. Se percibe un gran aislamiento. La terraza, lugar en donde el maestro plasmó su genialidad, sintetiza la soledad y la reflexión. Es un sitio construido simplemente para la contemplación. Edificada con muros altos, y ausencia de muebles, lo único que podía hacerse ahí, lo único permitido, era admirar al cielo. Y así lo hacía; invitaba a sus amigos o se instalaba solitario en la terraza para observar la bóveda celeste.

La casa de Tacubaya fue el gran estudio de Barragán. Un lugar para la reflexión y el pensamiento. El maestro se levantaba temprano y trabajaba toda la mañana; las tardes las ocupaba en la lectura, en la concepción de nuevos proyectos, o escuchaba música durante horas —tenía un tocadiscos en cada una de las habitaciones—. A veces recibía a sus amigos, a quienes proyectaba sus propias películas tomadas en Las Arboledas —otra de sus  creaciones—, o en competencias hípicas en las que participaba —era un apasionado de la equitación.

Para don Luis, la belleza física era quizás el mayor de los dones. Siempre sintió debilidad por las mujeres hermosas —no importaba si eran inteligentes o no — y lo que no disculpaba era la fealdad. Estuvo a punto de casarse varias veces, pero nunca se atrevió a dar el paso. Prefirió vivir solo, conservar sus espacios y mantener su intimidad. Hombre conocido por su religiosidad, al cuestionársele sobre el ánimo mujeriego que lo impulsaba a la conquista, don Luis no tenía empacho en reconocer: ""pertenezco a la iglesia en calidad de pecador"".

Nada en la casa de Barragán se había dejado al azar. Todo tenía una razón de ser y respondía a un pensamiento o una consideración del maestro. Una de las habitaciones estaba destinada a los huéspedes —solían visitarlo familiares y amigos de Guadalajara—; era un cuarto blanco, muy sobrio, donde invariablemente se alojaba su gran amigo el arquitecto Ignacio Díaz Morales.

Cuando el mal de Parkinson se apoderó de Barragán —penosa enfermedad que lo consumió en 10 años— y le fue imposible bajar a recibir a sus visitas, el maestro destinó el cuarto blanco a ese fin. Dividió el terreno de forma tal que pudo seguir disfrutando del jardín y de los árboles de la casa Ortega. Su recámara era también muy sobria, con varios elementos religiosos, un sillón a la medida manufacturado por él, un tocadiscos y la vista hacia el jardín que no podía faltar.

Don Luis falleció en 1988 a los 86 años. Hasta los últimos instantes de su vida siguió evocando con imaginación. Cada espacio de su obra era una evocación de su pasado. Los recuerdos lo ayudaron unir su espíritu a la obra que finalmente legó a los mexicanos.

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