Haití 1973: La derrota como familia

La época de las crisis - Vida Cotidiana

Hace 40 años, México caminaba arriba y adelante. Según el mismo presidente Luis Echeverría, el país un año antes había estado al borde del abismo: ""Hoy hemos dado un paso adelante…"" Consoló, muy seguro de sus dichos.

En aquel 1973 la inflación comenzaba a ser una piedra en el zapato de una economía que se acostumbraría rápidamente a las palabras devaluación del peso, desaceleración y deuda externa. Tampoco iban bien las cosas en las Relaciones Exteriores y mucho menos en las internas.

Y para colmo, el futbol se perdía en los sótanos del Tercer Mundo, como le llamaban entonces, con cierta ironía, a los países pobres en medio de los Muros.

La Concacaf, ese vecindario de ratones, tuvo la genial idea de llevar a cabo la fase final de la eliminatoria al mundial de Alemania 74 en Haití; sí, en el reino de Baby Doc Duvallier, quien a los 19 años (en 1971) se asumió noblemente como presidente de esa perla del Caribe de la que sería, también noblemente, dictador vitalicio.

La Federación Mexicana de Futbol, empalagada por los cuartos de final logrados en el Mundial del 70, eligió a Javier de la Torre, el ingeniero sin ingenio, como entrenador de la Selección Nacional. De la Torre, tío de José Manuel de la Torre, actual encargado del banquillo de un equipo horroroso y sin idea. Cuarenta años separan, pues, a estas dos formas de la derrota.

José Manuel tenía ocho años (1965) cuando su tío convocó para la aventura haitiana a un grupo de ratonautas entre los que sobresalían Vázquez  Ayala, Puente, Borja, Victorino, Sánchez Galindo, Cuéllar y Bustos. El Ratargos partió sobrado de sí, con los reporteros haciendo planes en Baviera, Sajonia y Turingia para el año siguiente. Trámite, ese hexagonal. Odiseo será un nadie colectivo a la vuelta.

A la manera de su sobrino, futuro embajador de la sombra, Javier de la Torre no encontró la manera de vencer a Guatemala en el debut, el 30 de noviembre: 0-0 con la torpeza como estilo. Tampoco, como su sobrino, pudo formular la estrategia para vencer a Honduras: 1-1. El ""canto de las sirenas"" sucedió en las Antillas. Después de vencer 8-0 a Curazao, la nave comenzó a hacer agua. Nadie estaba en el mástil que se derrumba silenciosamente.

El 14 de diciembre cayó una noche que no ha amanecido aún. Trinidad y Tobago goleó 4-0 a un equipo mexicano sin chiste, cautivado por Circe. Otros la llamaron Vudú.

Hecho trizas, el Ratargos encalló en Puerto Príncipe: el Cíclope Duvallier reía con boca llena de marfil. Sí, su equipo perdía 1-0 pero se clasificaba por primera vez a la fase final de la Copa del Mundo, al terminar en la primera posición del hexagonal con 8 puntos. México terminó en la tercera posición con seis puntos, los mismos de Trinidad, pero con menor mayor diferencia de goles.

Javier de la Torre asumió la responsabilidad del fracaso. Cuarenta años después, su testarudo y mal encarado sobrino asumiría la autoría del pésimo desempeño de su equipo en la eliminatoria con rumbo a Brasil 2014, en la Copa Confederaciones y en la Copa de Oro.

Hay odiseas que duran meses y se repiten, sarcásticamente, cada cuatro décadas: diez olimpiadas, en sentido griego. Hay familias que de las derrotas hacen alcurnia y del fracaso su heráldica.

Y así.