¡A vengar a Madero!: el Coronel Crispín Robles

La revolución - Hechos

 Desde el pedregoso camino al pie de la sierra era imposible divisar Juchipila, pueblo zacatecano donde la familia Robles Villegas había echado raíces. Aquel atardecer soleado de abril de 1913, don Crispín, el joven jefe de familia, detuvo su caballo -un hermoso garañón de nombre Flor de Durazno- y ordenó a sus hijos, Ramiro de doce años y Alfredo de nueve, desmontar. Él hizo lo propio con Luis, el más pequeño, a quien cariñosamente llamaban ""Güi"".

Entusiasmados, los niños se colocaron alrededor de su papá, sin imaginar siquiera, que aquella sería una conversación ""entre hombres"". Mientras atusaba su gran bigote, aquel hombre de 36 años, comenzó a narrar una historia que al llegar a los oídos de los niños se convertía en un cuento, donde, uno tras otro desfilaban los personajes.

Porfirio Díaz, un viejo dictador; ejércitos enteros luchando entre sí; pistolas, rifles y cananas y al final un hombre de corazón puro llamado Francisco Ignacio Madero que había liberado al pueblo mexicano. Más interesado parecía don Crispín contando lo sucedido en la reciente revolución que sus hijos en escucharlo. Niños finalmente, perdían su atención en el laberinto de sus propios sueños.

""Donde sí pusimos mucha atención -escribiría Alfredo años después- fue cuando papá comenzó a relatar la forma cruel e infame en que acababan de ser asesinados  los señores Madero y Pino Suárez, no sólo a tiros, sino acribillados a puñaladas y arrastrados como malhechores, por los esbirros del bestial y traidor Victoriano Huerta"".

Luego de concluir su relato, Don Crispín preguntó a sus hijos: ""¿Verdad que tales hechos deben ser castigados?"" ""Si papá""-contestaron los niños visiblemente impresionados. ""¿Verdad que es una villanía la que han cometido esos malvados"" -inquirió nuevamente el padre, obteniendo por respuesta un ademán afirmativo. ""¿Verdad que esos crímenes reclaman venganza de los hombres honrados? -cuestionó por última vez don Crispín y en esa ocasión, sólo uno respondió: ""Si, papá; pero ya vámonos... ya se hizo de noche y estamos lejos de la casa"".

Tardarían en comprenderlo. Aquella conversación era una despedida formal. El padre decía adiós a sus hijos. Días después, el 15 de abril, Don Crispín Robles, dejó a su familia, tomó su rifle, ensilló su magnífico caballo y se levantó en armas contra el régimen usurpador de Victoriano Huerta.