La desdicha de Carlota

La era liberal - Hechos

No hubo historia de amor. Ni los aguardaba un final feliz. Ni siquiera los castillos europeos, los paisajes de Francia, Austria, Bélgica o Trieste sirvieron como escenario para una historia romántica.

En 1856, Maximiliano de Habsburgo realizó una gira por Europa con un claro fin: encontrar esposa. Visitó la corte belga encabezada por el rey Leopoldo I y ahí conoció a Carlota quien se enamoró como lo que era, una chiquilla. Max le pareció ""encantador bajo todos los aspectos. Físicamente me parece hermoso y moralmente no puede desearse más"".

Si hubo amor fue tan sólo de parte de Carlota, y lo que hubo, Maximiliano se encargó de destruirlo poco a poco. Las razones del archiduque para contraer matrimonio nada tenían que ver con el enamoramiento: sabía que la dote de la princesa era muy jugosa -llegó a ser una de las mujeres más ricas del mundo- y él se encontraba en problemas financieros por la eterna construcción de su castillo de Miramar y otras deudas adquiridas con anterioridad.

Maximiliano dejó muy claro que la princesa belga no le provocaba más que algunas lacónicas líneas: ""Ella es pequeña y yo soy grande, como debe ser -le escribió Maximiliano a su hermano Carlos Luis-. Ella es morena y yo soy rubio, lo que igualmente está bien. Ella es muy inteligente, aunque con un poco de mal carácter, pero sin duda nos entenderemos finalmente"".

Carlota subió al altar profundamente enamorada de Maximiliano, el 27 de julio de 1857, y durante un par de años la relación fluyó sin los vaivenes emocionales del archiduque. Sin embargo, el carácter melancólico, dubitativo y hasta perverso del austriaco no tardó en aflorar. A finales de 1859, los archiduques zarparon en Miramar en un viaje que tenía como destino las islas Madeira, localizadas en el Atlántico, al noroeste de África. Carlota desconocía el motivo del viaje que resultó sumamente doloroso para ella.

En Madeira descansaban los restos de María Amelia de Orleáns y Braganza, hija del emperador Pedro I de Brasil la que -ya comprometida con Max en Europa- había fallecido 7 años antes.  ""[Era] una criatura perfecta -escribió Max en su diario- que dejó este mundo ingrato, como un ángel puro de luz, para volver al cielo su verdadera, patria"". Aquella mujer había sido el verdadero amor de Maximiliano y con la tristeza que lo invadió durante su estancia en Madeira, se lo hizo saber a Carlota. Sin tentarse el corazón, la llevó a la casa donde había fallecido su amada y a la tumba donde reposaba, mostrándose ante su esposa, en todo momento, lleno de ""tristeza y duelo"". No contento con eso, la dejó 3 meses en Madeira, junto a la muerta, mientras realizaba un viaje a Brasil.

Cuando regresaron a Miramar en 1860, el matrimonio estaba completamente destruido. A partir de ese momento lo único que los unió fue la ambición y desde 1863, la obsesión por el trono mexicano.