Memoria ancestral: los códices

El siglo de la conquista - Hechos

 Previamente a la conquista de México, los códices constituyeron uno de los medios de comunicación más valiosos de las civilizaciones mesoamericanas -para algunos teóricos se trata de verdaderos testimonios literarios-. Se caracterizan por una escritura pictográfica realizada en papel amate -más duradero que el pergamino egipcio-, piel de venado, tela de algodón tejida en telar de cintura, papel maguey, pergamino, papel europeo y tela producto de procesos europeos (evidentemente los dos últimos ejemplos corresponden a la época virreinal).

Tienen un formato horizontal y, a diferencia de los códices europeos o egipcios, sus páginas no se enrollan sino que se pliegan como un acordeón o un biombo. En la mayor parte de los casos fueron escritos-dibujados por ambos lados y se leen de derecha a izquierda; también hay ejemplos cuya lectura es semejante al movimiento en zigzag.

Se les ha clasificado por la cultura que los originó: mixteca, zapoteca, maya, etc., o bien, temáticamente: genealógicos, territoriales, económicos, topográficos. Se trata de obras anónimas realizadas por tlacuilos, pintores-escritores rigurosamente educados, provenientes de diferentes condiciones sociales, quienes tras la conquista usualmente se desempeñaron como decoradores de templos católicos.

Fueron mencionados por un occidental por primera vez en 1516 -antes de la llegada de Hernán Cortés-, por Pedro Mártir de Anglería, un humanista al servicio de los reyes católicos, en su obra De orbe novo. Pero sobre todo, fueron los frailes encargados de la conquista espiritual quienes realmente se interesaron en ellos como medios para conocer las creencias indígenas y, en consecuencia, erradicarlas.

Los códices estaban guardados en edificios llamados amoxcallis, una suerte de bibliotecas que fueron incendiadas o vaciadas para la destrucción de los materiales que albergaban, por miembros de las órdenes religiosas por considerarlas obras demoníacas.

Esa práctica destructiva se mantuvo vigente durante el virreinato; es tristemente célebre el auto de fe de fray Diego de Landa quien quemó miles de estos documentos. Esta acción sistemática de los misioneros españoles es la razón por la cual menos de veinte códices prehispánicos se salvaron de las llamas, tras haber sido regalados en calidad de curiosidades a las cortes europeas (actualmente, en México se discute la existencia de un único códice prehispánico en una bóveda del Museo Nacional de Antropología).

Sin embargo, durante el virreinato la producción de códices continuó por parte de indígenas educados por los misioneros, quienes combinaban tanto la escritura como la visión geográfica del mundo indígena con las concepciones occidentales. De igual manera, se reescribieron códices destruidos durante la Conquista y en distintos momentos de la colonización, siguiendo tradiciones orales.

Esta última producción de códices fue considerada valiosa en el mercado del coleccionismo, por lo que algunos ejemplares aún pueden encontrarse en acervos europeos conformados durante los siglos XVIII y XIX, en ocasiones trasladados a los Estados Unidos durante el siglo XX.